lunes, 8 de agosto de 2016

Trump se ofrece como salvador de la clase obrera con su plan económico

El candidato republicano Donald Trump en Detroit.
WASHINGTON (EE.UU.) .- Donald Trump quiere cambiar de tema. Después de una de las semanas más difíciles de su campaña, el candidato republicano presentó este lunes en Detroit, símbolo del declive industrial de Estados Unidos, su plan económico. “El americanismo, no el globalismo, será nuestro credo”, resumió. El plan combina ideas tradicionalmente progresistas, como ayudas a las familias para las guarderías o las barreras proteccionistas, con propuestas conservadoras como la rebaja de impuestos o la eliminación de las regulaciones. El discurso coincide con una caída abrupta en los sondeos ante su rival demócrata, Hillary Clinton.

Envuelto en la bandera del tribuno de la clase obrera y de la antiglobalización, leyendo un texto preparado e interrumpido por constantes protestas, Trump atribuyó a los acuerdos comerciales internacionales los males de ciudades como Detroit, la vieja capital del
automóvil. “La ciudad de Detroit es un ejemplo vivo de la agenda económica fracasada de mi oponente. Ella apoya impuestos altos y una regulación radical que ha expulsado los empleos de vuestra comunidad”, dijo.

Los ataques a la familia de un soldado caído en Irak y las escaramuzas con varios notables de su partido, el republicano, han dejado a Trump magullado. Una serie de sondeos ha confirmado que, tras las convenciones que le proclamaron a él y a Clinton como candidatos de los grandes partidos, la demócrata ha salido reforzada. Algunos de estos sondeos indican que Trump lo tendrá difícil para ganar en los tres estados que, matemáticamente, debería conquistar el 8 de noviembre si quiere ser presidente: Florida, Ohio y Pensilvania. Tiene una base muy sólida, los hombres blancos sin estudios superiores, pero esta base es demasiado exigua en un país donde ganar la presidencia exige construir amplias coaliciones interétnicas e interreligiosas.

Esta es la foto a día de hoy, a tres meses de las elecciones, foto que puede cambiar en las próximas semanas pero que explica la alarma que empieza a apoderarse de muchos republicanos. Y es el contexto del discurso ante el Club Económico de Detroit, el enésimo intento de centrar el mensaje y poner un poco de orden al ruido y la furia de su campaña, de atenerse a un guion, de hablar de propuestas concretas y factibles en vez de enredarse en espirales de venganza personal, retórica xenófoba y teorías conspirativas.

Pero Trump no sería Trump si en su discurso económico no dejase su marca personal, su heterodoxia ideológica (no fue republicano hasta tiempos recientes y en el pasado fue demócrata). Porque Trump no se deja encasillar: si hubiera que definirlo, podría decirse que su plan económico no es ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario.

Trump baja los impuestos a las empresas y desmantela regulaciones federales. Pero impone aranceles a la entrada de productos extranjeros.

Ofrece deducciones fiscales para la educación preescolar, que en EE UU es privada y representa un gasto oneroso para millones de familias. Pero niega a una subida del salario mínimo que podría beneficiar a los trabajadores pobres, entre ellos los blancos de clase trabajadora, golpeados por la globalización, que constituyen su base electoral.

Elimina algunas exenciones para los más ricos —una medida que presenta como una defensa de las clases medias en contra de los más ricos como él— pero también suprime el impuesto de sucesiones, que grava a familias de multimillonarios como la de Trump.

Se reclama de la revolución reaganiana —la desregulación de la economía y las rebajas de impuestos en los años ochenta— pero a la vez se opone frontalmente al recorte del estado del bienestar, que ha sido el mantra republicano desde los años del presidente Ronald Reagan.

Trump deberá cuadrar el círculo para reducir el déficit y la deuda y al mismo tiempo reducir los impuestos y aumentar las inversiones en infraestructuras, como promete.

El argumento económico de Trump, al final, es él mismo: la creencia que sus aparentes éxitos empresariales garantizan que, si derrota a Clinton en noviembre, EE UU volverá al esplendor pasado —el esplendor perdido de Detroit— que Trump evoca en la campaña. Y lo mezcla con un mensaje contra las élites políticas, demócratas y republicanas, y una retórica nacionalista, en defensa de los trabajadores y los productos norteamericanos, no extranjeros.

“Los coches americanos", dijo, "volverán a viajar por las carreteras, los aviones americanos conectarán nuestras ciudades, y los barcos americanos patrullarán los mares”.
Fuente: EL PAÍS.-

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